Carlos Fuentes en la Biblioteca Nacional de Francia

Carlos Fuentes dio tres conferencias memorables en esta ciudad. Invitado por la Biblioteca Nacional Francois Miterrand, Fuentes examinó la herencia de tres figuras hispánicas en la literatura moderna: Don Juan, La Celestina y Don Quijote. A lo largo de tres días, el Premio Cervantes 1987 partió de sus temas preferidos para desarrollar una metáfora sobre la novela contemporánea que no existía en su obra anterior. Para hacernos una idea del curso que siguieron las lecciones, podríamos decir que Fuentes partió de las ideas que expuso en Cervantes o la crítica de la lectura, hizo alusiones a El espejo enterrado y terminó muy cerca de su Geografía de la novela. De una reflexión sobre la primera novela moderna y los efectos de la lectura sobre el personaje de Alonso Quijano, Fuentes pasó a examinar la intolerancia y la ausencia de Dios en las ciudades modernas, a su visión de una sociedad plural, abierta y generosa, y de allí a develar la manera en que las figuras de Don Juan, la Celestina y Don Quijote se continúan en la novela contemporánea.

En el primero de los discursos, que tuvo lugar el lunes pasado, Fuentes prescindió de las asociaciones a la vez divertidas y eruditas que constituyen una de sus marcas como ensayista. Con una prosa depurada y directa, el autor de Terra nostra partió de los descubrimientos de la Tierra (por Colón), del cielo (por Copérnico) y de la Imprenta, para de ahí explorar los momentos en que Don Quijote se sabe un personaje "leído" y acude a la imprenta para denunciar el falso Quijote de Avellaneda. A continuación, el escritor mexicano, que alguna vez confesó releer el Quijote anualmente "como un ejercicio espiritual", trazó un árbol genealógico de los lectores literarios, que comenzó con el ingenioso Hidalgo y continuó hasta Madame Bovary. Además, Fuentes repasó los capítulos del Quijote que se refieren a la lectura, como aquel donde el hidalgo se topa con un galeote que escribe su propia biografía (inacabada, puesto que sigue vivo), "un momento único en que la verdad se salvó por la mentira".

En su segunda intervención, el miércoles pasado, Fuentes partió de las páginas que dedicó a La Celestina en Cervantes o la crítica de la lectura, para acentuar en qué medida la figura de Dios estaba "expulsada" de la ciudad en La tragicomedia de Calixto y Melibea. Fuentes, que también está en París para promover la traducción al francés de Los años con Laura Díaz (que apareció estos días, en Gallimard), recordó al auditorio que Fernando de Rojas fue un judío converso, cuyo padre fue perseguido y quemado por la Santa Inquisición, lo cual explica que este "primer drama situado en una ciudad moderna". también pueda leerse como "un testimonio de la ausencia de Dios en la ciudad". El novelista sugirió que la ciudad actual ha olvidado los mitos que le dieron origen, como ocurre en la ciudad "mezclada" de la Celestina, una ciudad hecha de las culturas cristiana, hebrea y musulmana, donde el sexo y el dinero ocupan un lugar importante. Al hablar de la carga mítica de la Celestina Fuentes se refirió a ella como "este Lucifer con ropa de mujer, señora de ceño sulfuroso, Circe de la ciudad moderna, imagen del origen, del matriarcado primitivo" y subrayó la vertiente esotérica que contiene La tragedia de Calixto y Melibea. Todo a través de este personaje femenino que transita de la realidad a lo sobrenatural: "introductora de lo profano en lo sagrado, del sueño en la vigilia, de la magia en la realidad y del pasado en el presente". Pero fue la noche del jueves, en la última de las conferencias, cuando los asistentes dieron a Carlos Fuentes una prolongada ovación. Con un enfoque que hacía pensar en las Antígonas de George Steiner, Fuentes expuso un inventario de las principales "metamorfosis" que ha sufrido el personaje de Don Juan, a través de sus distintas versiones. Desde el Don Juan casi medieval de Tirso de Molina al Tenorio decimonónico de José Zorrilla, Fuentes fue delineando las variaciones que ha experimentado este ser hedonista que oscila entre la búsqueda del placer y la búsqueda de Dios. En su revisión Fuentes calificó al don Juan de Tirso de Molina como un "Maquiavelo erótico", un eterno adolescente "que inauguró la marcha sexual europea", incapaz de respetar la intimidad, lo sagrado o el amor: "acostumbrado a violar el silencio de la confianza, aficionado a provocar escándalos, pues sabe que son la mejor arma para su próxima conquista, no puede amar sin engañar". Al trasplantarlo a Francia, Moliere hizo de Don Juan una creatura hija de su tiempo: un ser cínico, ateo y racional, que descree del cielo y del infierno e incluso lanza un discurso filosófico para justificar sus aventuras. Otro tanto ocurre con las versiones de Goldoni -que lo veía como un comparsa del diablo y lo caricaturizó con los recursos de la Comedia del Arte- y en el Don Giovanni de Mozart. Al esbozar este monumental árbol genealógico Fuentes sólo volvió a detenerse para retratar al Don Juan romántico e idealista de Hoffmann, que transformó al personaje en una suerte de revolucionario obsesionado por encontrar el ideal femenino, en lucha perpetua contra Dios y contra los hombres que se oponían a su búsqueda personal. A juicio de Fuentes, "ni más ni menos que Lord Byron" se reflejaba en su versión del personaje, pues proponía un Don Juan seducido por las mujeres, incapaces de resistir la celebridad del conquistador: "Como en Can't buy me love, la balada de los Beatles". Byron, dijo Fuentes, "además transladó la acción a Inglaterra, como si el clima inglés fuera mejor". En la variación de Teofilo Gautier, dijo el autor de Aura, Don Juan es Adán sin Eva, el hombre expulsado del paraíso; mientras que para Musset es un hombre corrompido y elegante, precursor de Dorian Gray. Fue así como Fuentes llegó al Don Juan Tenorio de José Zorrilla, que enamorado de doña Inés se vuelve "el primer conquistador en ruta hacia el cielo". "Don Juan", concluyó el narrador, "es un espejo donde el lector se mira y se reconoce".

"Nosotros -se preguntó el escritor- los lectores de la novela moderna, si nos asomáramos por la ventana, ¿reconoceríamos a las tres figuras hispánicas que tocan a la puerta?" Si la literatura fuera una casa, agregó el escritor ¿identificaríamos a los herederos de Cervantes, Rojas y Tirso en los personajes de Dickens, las caracterizaciones psicológicas de Dostoeivski, la perfección de la individualización de Flaubert? ¿O veríamos al hombre de Kafka, el hombre sin rostro, convertido en una cucaracha, que es perseguido y asesinado en su proceso? El autor de La frontera de cristal sugirió reconocer a los descendientes de don Quijote en los escritores como Cortázar, Borges, Machado de Assís, Rulfo, e invitó a "dejarlos entrar" en las lecturas del público. Después de incluir al hidalgo de la triste figura en Terra nostra, de que algunos de sus personajes sean presos de la locura de la lectura, de subrayar la necesidad de una cultura plural en casi todos sus libros, en particular en El espejo enterrado, ¿por qué regresar a Cervantes, a Fernando de Rojas y a los numerosos don Juan? ¿Por qué intentar esta nueva versión? Será, como escribe Blanchot, que el escritor nunca sabe cuándo la obra está hecha, que lo que escribe en un libro lo continúa o lo destruye en otro, que el autor continúa en busca de un libro que está por venir